lunes, 8 de enero de 2018


Sobre Mirjana y los que la rodean, de Ivor Martinić.

Por Nicolás Reffray


Hay en el encuentro teatral, en la comunión de la puesta en escena, un acuerdo tácito y una aceptación por parte de todas las partes, tanto arriba como abajo de las tablas. Se acuerda creer en eso que vemos, eso que se expone a nuestros ojos y que llamamos representación; se acuerda también reconocer en esa teatralidad cierto espejo común, cierta unidad duplicada, elevada, que nos permite la ampliación de nuestro mundo gracias a lo catártico.
Jugar con las formas de lo humano, lo social y lo vincular permite desarticular la escena para rearmarla a gusto. Y eso porque no hay otras formas de lo inasible, ni espacios triturados en un como-sí de relaciones y diálogo y desesperación contenida, porque al fin de cuentas vivimos en sociedad y somos lo que somos. De acuerdo a esta óptica, entonces, el otro, el prójimo, ese que no somos, nos confronta con lo espantoso de lo desconocido, con lo ominoso. Ahi la obra: el otro.
Mirjana es madre, es hija, es divorciada, es secretaria y es mujer (sobre todo es mujer). Al borde de todas estas categorías está el engaño de lo no-dicho, las trampas del lenguaje como artilugio del vínculo social con los otros, la mirada al vacío perdida en la cuarta pared, pero disimulada detrás de un supuesto diálogo, la proximidad engañosa en el espacio, el desdoblarse del tiempo y la posibilidad de un adios frente a la muerte. Los engaños componen la obra, le dan forma, la estructuran. Es el engaño quien nos ofrece un rompecabezas desordenado -pero así todo legible-, una historia justa, pequeña, de vínculos raídos y desamor.
El espacio de la escena se fragmenta en pequeños sub-escenarios que definen una distancia, bajar de esas tarimas es entrar en el juego, es romper con la inercia y la inmovilidad. Amor, odio, infidelidad, temor, adolescencia, depresión, dejadez, abandono, desnudez, todo se juega en clave de rutinaria desesperación y angustiosa inseguridad. Ahi donde el diálogo se vuelve por momentos demasiado simple, y por demás sencillo, ahi es donde lo escénico se conjuga para sacarle brillo al texto dramático. Y si bien las actuaciones no deslumbran, coaccionan a la perfección entre sí para desnudar cuerpo y alma en esta tragedia moderna en donde vivir se presenta como una suerte de oscuro atravesamiento, de lastimosa realidad.
Podría seguir apilando palabras, todas ellas incompletas, podría tratar de nombrar algo de todo eso que en la obra se inscribe entre lineas, porque hacer crítica es un poco eso, saber leer en la grieta, en medio de la oscuridad, sin embargo cuanto más lo intento más me encuentro de cara a un vacío espeso, a una oscuridad elemental, tratando de encajar las piezas de este rompecabezas complejo que no se define por la palabra. Ahi entonces tiene su voz la puesta, el hecho teatral, para decir lo indecible.

martes, 10 de octubre de 2017

D.A.R. (Delayed Album Review)
I forget where we were (2014)

Ben Howard smiles with a melancholic symmetry behind his guitar. He splits the music, rebuild the unseen, with a tender taste for the acoustic arrangements.

I press play and The end of the affair sounds like a bottomless whisper, and endless sadness with the clean face of a song, stabbing my heart but making me feel strong at the same time. Out of nowhere Howard creates a whole different world of sounds and feelings, something unique, humble, frantic but quietly, epidermic and erotical. 
Now the rain is starting to fall all over the empty cities, over the empty men and women, cleaning up the mess, our mess, the rain changes us. Ben Howard knows how to make some beautiful music from that, he knows the business ok. Like some Edward Hopper's painting, his music is an empty mirror looking into us.

martes, 29 de agosto de 2017



Tres Finales, de Rafael Spregelburd
Por Nicolás Reffray


Decretar el fin del arte es tal vez uno de los clichés de toda modernidad. La realidad es que no hay fin para lo que se encuentra en constante cambio, para lo que no se cansa de mutar, y el arte, como expresión inapresable, infranqueable, ha pervivido y sobrevivido vanguardias, modernidades y post-modernidades por los siglos de los siglos. Ahora, en este siglo veintiuno virtual, cabe rehacerse las preguntas eternas: ¿Qué es el arte? ¿Eso es arte?
El arte manifiesto, la expresión concreta del arte en tanto expresión de un sujeto vuelto a un público al que busca provocar o afectar de algún modo, ha tomado innumerables formas. Desde Duchamp, Jackson Pollock, Jasper Johns, las vanguardias cinematográficas, Warhol, y una larga cadena de nombres que vienen y no vienen al caso, el arte no se define como tal de acuerdo a lo estrictamente estético, o al menos no siempre. El arte moderno nos ha enseñado que requiere de una explicación, de una placa tranquilizadora a un lado de la obra que le de su estatuto de arte. Es la placa, la aclaración, lo que hace valer a la obra como tal, lo que establece que eso que vemos es arte. Obras como el blanco sobre blanco de Malévich, por ejemplo, sin una explicación no sería más que un lienzo vacío presto a ser pintado, los azules de Yves Klein sólo serían una tela monocromática pintada a rodillo, las telas tajeadas de Fontana serían vistas como lienzos rotos y nada más. En conclusión, es arte aquello que se autoproclama como arte, aquello que se dice artístico en tanto y en cuanto X. La discusión que llevan adelante Spregelburd y Garrote devenidos profesores de historia del arte en ese comienzo del primer final de Tres Finales, se centra precisamente en eso, en lo azaroso, o si se quiere, en lo caprichoso del arte llamado moderno. Cecilia Jimenez, la abuelita de Borja que con su mejor intención restauradora deformó el Ecce Hommo, es el centro del debate. ¿Es eso arte?, se pregunta Spregelburd. Esa abominación, producto del aburrimiento de una octagenaria un poco perdida, ¿es plausible de ser juzgada como obra, como creación artística? ¿Qué intención creadora, qué marca autoral más que la del error, la senilidad y el mal gusto puede leerse en ese Ecce homo “restaurado”? Ninguna, dice Spregelburd, la de los grandes artistas modernos del siglo pasado, dice Garrote. Así tiene lugar un tira y afloje culto en donde las palabras dan forma a un tramado tan exquisito y paródico como brillante, y es que los diálogos spregelburdianos son siempre un manjar para el oido.
Podemos hablar de lo artístico en general, del teatro en concreto, de los cambios y más cambios que se suceden y que dan forma a nuevos modos de apreciar el arte en esta post-meta-modernidad en la que vivimos, sin embargo, creo yo, hay otro eje. Me refiero a lo intraducible, uno de los temas predilectos de Spregelburd, el cual se materializa en cada uno de esos tres finales que conforman los tres actos de la obra. En el primero, algo de lo propio se vuelve incomprensible para el otro, las traducciones tramposas, los juegos políticos de la lengua, lo dicho y lo negado, lo inentendible del esnobismo erudito ("¿vos querés medievalizar la administración de lo sublime?" (sic)), pero también lo intraducible de lo contemporaneo para un no-contemporaneo, esas grietas generacionales que se abren entre estos docentes y su alumnado. El fin del arte nos deja entrever los pliegues de un discurso en apariencia hermético, seguro de sí mismo, pero sólo en apariencia, lo elevado se fragmenta, se resquebraja, y nos permite una lectura entre  lineas.
En el segundo acto, el fin de la realidad, un grupo de traductores de cara a la cuarta pared elabora un texto único, cuasi coral, por momentos inconexo, donde tiene lugar lo incomprensible por inasible y lo inasible por irreal. Aquello que es traducido no tiene demasiado interés, o tal vez sí, puesto que se trata de lo virtual como nuevo lenguaje, lenguaje que se adosa a la realidad de los contemporaneos. Está lo que se dice y lo que se calla aún diciendo, el diálogo vacio que es la nada misma, la superposición de voces, de lenguas, de significado, el canto constante y la improvisación. Lo intraducible toma en este acto la forma de lo múltiple, y uno se siente por momentos estafado, vulnerado, como si desde el escenario no surgiera más que una burla a nuestro intento por comprender.
En el tercer y último acto, el fin de la historia, es aquello que falta lo que articula la escena, el fin de la historia en tanto relato lineal, narrativo, del teatro como género puro si se quiere. A ese grupo de actores les falta algo y no terminan de saber bien qué. Es la emoción, el gesto dramático, el peso de aquello que no es ornamento, que no es vestuario, que no son los agregados a la cosa, sino la cosa en sí. La pregunta por lo incomprensible, por lo intraducible, nos deja de cara a un vacio, a lo paródico y aparatoso de ese ensayo brain storming delirante, en donde parece valer todo para ser novedosos, brillos y luces, canto lírico, incluso una cita al Cafe Müller de Pina Bausch. Otra vez lo contemporaneo... 
Rafael Spregelburd, se desdobla para pasar a conformar un monstruo de tres cabezas, la del dramaturgo, la del director y la del actor. Mientras uno sigue preguntándose cómo hace, cómo escribe, actua y dirige magistralmente obras de una complejidad y un tramado de capas y más capas significantes tales que nos ponen a nosotros, los espectadores, a moldear lo que vemos, a buscar significados ocultos, a descifrar, Spregelburd lo hace de nuevo. Con una originalidad siempre atroz, cada nueva obra en cartel es una fiesta. Tres finales es una obra que le ronda a lo contemporaneo, a lo artístico, a lo plural e inconmensurable, para convertirse desde que cae el telón y para siempre en un jeroglífico del tiempo.

lunes, 31 de julio de 2017

D.A.R. (Delayed Album Review)
 
Bill Evans is a ghost or a shadow, a whispering man, he's a composer of memories, a fragment of an impossible whole, and nobody seems to note that. Everybody note the musician, but not the ghost... nobody seems to listen that the entire milky way lives inside his piano, that a cannonball floats in the air while he plays, a shot from nowhere to nowhere. He's the amazing picture of a man and the man himself, nobody knew him as well as the piano, their monochromatic affaire, their love in technicolor can tell that. Now I'm listening the Sunday at the Vanguard album and I can't stop picture NYC under the moonlight, the small crowd and the silence between notes. I certainly believe in magic when I listen to his music.

sábado, 29 de julio de 2017

Ansiedad de deseo, jazz de mueble quieto,  esfinge y oráculo griego, jazz de sombra luminosa y ojos en sordina, it's time, tiempo y arabesco, montaña sagrada de la síncopa y el susurro ansioso de la noche llena de humo, llena de noche, llena de jazz. Hermosa sensación la de descubrir algo nuevo que lo fue hace décadas. Jackie Mclean me llegó desde mi ignorancia como una de esas casualidades milagrosas. El jazz tiene eso, uno cree que conoce, que Hubbard, que Miles, que Tyner, que Evans o Monk, que Lovano o Corea o Lee Morgan, que Jarret, que... tantos, y entonces, en medio de un julio cualquiera aparece Jackie Mclean, It's time, y la estanteria mental de nombres se reacomoda, hace lugar para uno más. El disco me pone de pie, me hace salir de donde estoy para caminar y mirar. El arte de tapa no podría ser más acorde, una exclamación repetitiva, como si desde la imagen el disco gritara jazz jazz jazz jazz! y le resultara imposible callarse. Jackie Mclean, It's time, año 1964. 

viernes, 7 de julio de 2017

D.A.R. (Delayed Album Review)
This is one of those cases where an album gets into your brain after the fifth or the sixth hearing. I wanna say that I do love Mayer's guitars and songs, the tender sound of his voice (his ego is another story), but in this opportunity we have an album plenty of good songs... and that's it. I mean, made with a lack of sticky guitar solos and only a whisper of overdrive, is Mayer's most simple album, the closest one to his country vein. The first time I listened to it I just thought "well... nothing to remember", but after a couple of extra hearings the album reveals something, I don't know. Like the front cover where that field appears like a sea of tranquility and the man, the musician, stares at something that we can't see, Mayer offers an album with a blind point, a closed suitcase, a forbidden note.

martes, 4 de julio de 2017



MADMEN
Por Nicolás Reffray

Madmen termina y Netflix me propone otras series para seguir viendo, como si uno pudiera ver algo después, como si no existiera un agujero negro, un vacío, una quietud, un tiempo de tomar aire para poder seguir adelante. Y es que las luces se apagan, caen los títulos, pero hay algo que permanece ahí, en nosotros, espectadores atentos, algo que tarda en irse, que persiste con la fuerza de lo nocturno, de aquello que ha dejado una huella. Siento que hay en el fondo de los fondos una sensación de liviandad envuelta en un halo de trama compleja, de tramado enrevesado y documento histórico y, a la vez, una trampa. El vaso se vacía para volver a llenarse infinitas veces y el humo dibuja en volutas una historia que son a la vez muchas historias y La Historia. Es Manhattan, es una agencia de publicidad en medio del recambio generacional que representaron los 60's y 70's en los Estados Unidos, es el guiño sutil a la época, todo eso teñido de mil tonos, adosado a mil y un matices por los que nos hace transitar la trama. Los personajes evolucionan, crecen o se van empequeñeciendo, se desgajan, se quiebran, sienten, se mueven, están vivos. No hay relleno. Tenemos la sensación de que cada situación, escena, personaje, tiene su razón de ser, su lugar estratégicamente dispuesto en el rompecabezas Madmen. Hacer un resumen sería imposible, además de estúpido, sólo me gustaría intentar poner en palabras de algún modo porqué Madmen me parece algo sublime.
Llegué a la serie gracias a Domin Choi, quien la recomendó en una clase... en realidad lo que dijo fue algo así como "¿¡Qué hacen que no ven Madmen?! No hay nada después". Dejé que la recomendación decantara y unos meses más tarde me acerqué un tanto reticente, ya que el mundo publicitario no me atrae particularmente. Después del momento inicial en donde tabaco, alcohol y sexismo a repetición inundan la pantalla, hay un segundo momento, una suerte de aceptación por parte del espectador, un pacto tácito de entendimiento y un encontrarse imbuido de lleno en lo que se narra, y es eso que se narra, justamente (y el cómo se lo narra) lo que nos envuelve y nos devuelve adictos. Hay lo que podemos percibir más allá de lo evidente, una crítica social que va desovillándose de forma gradual, episodio a episodio, pero también un repertorio de gestos puros, algo del orden de lo natural, la vida llevada a la pantalla. Ahí la trampa. Madmen no es una prolongación de la vida en un universo ficcional, es el despliegue de lo perimetrado, de lo calculado con exacta obsesión, cada rama obedece a un tronco común, a una misma intención, a un espacio único. Dueña de una belleza visual simétrica, perfecta, la serie se desviste a conciencia, sin prostituirse, nos deja acercarnos hasta el límite de lo impúdico con la certeza de gustar, y en esa cercanía que nos vuelve íntimos cabe algo parecido al conocimiento y la libertad. Madmen le escapa a lo obvio, conquista desde la sutileza y el arrojo, sin decaer en ningún momento. Es común al ver una serie que algunas temporadas sean más flojas que otras, que la historia en algún momento se empaste o decaiga, ya sea por falta de originalidad o por no querer agobiar al espectador con un exceso de información. Este no es uno de esos casos. La serie se nos ofrece en toda su riqueza, redoblando temporada a temporada la apuesta por un texto tan original como sutil, enhebrando historias y desdibujando los parámetros esperables de una serie mainstream norteamericana.
Madmen es, como dije antes, muchas historias, pero por sobre todo es la de Don Draper, un Bogart áspero al filo de demasiadas cornisas, nunca del todo transparente, nunca del todo él. Don es un impostor, un exiliado de su propia vida. Desde un comienzo lo vemos reinventarse, es un soldado, un vendedor de pieles, un huérfano criado en un lupanar, es un playboy, un padre de familia, un creativo de éxito. Draper es todos y cada uno de ellos, y a lo largo de las siete temporadas vamos conociendo un poco más, sólo para terminar frente a esa última escena en donde sentimos que volvió a engañarnos. No hay redención posible para Don, el final se cierra sobre la historia y la sonrisa que parecía paz interior se desdobla en un nuevo revés: Draper se sale con la suya, se reinventa y, como siempre, cae bien parado, incluso en medio del caos.

martes, 20 de junio de 2017


LA LA LAND, o el derrotero de un film anacrónico
Por Nicolás Reffray


Hay en el modo de abordar un film como La la land algo de nostalgia, una crispación y a la vez un relajarse en pos de la buena representación y la forma clásica del musical made in Hollywood, esas cosas que exceden lo estrictamente comercial y que tienen que ver sobre todo con la cuestión emotiva, con la capacidad del film para provocar en el espectador una fuerte empatía. Si bien no todo espectador moderno tiene un recorrido previo en el género, ver hoy un film como La la land es remitirse a otro tiempo, a otro espacio, y a su vez a otros films. Es justamente ese espacio otro, el universo del cine en tanto fábrica de otros mundos, los estudios y su pluralidad de escenas dentro de la escena, lo que permite tender un puente hasta films como Singin' in the rain, An American in Paris o The Band Wagon. Y es que si los personajes de Emma Stone y Ryan Gosling nos evocan a Gene Kelly y Leslie Caron (quizás no en la destreza para el baile pero sí en la intención) es porque sencillamente hay un homenaje a todas luces explícito, un guiño y un dialogo, diálogo con el género y más aún con el cine clásico de Hollywood como categoría más amplia. Las citas a Casablanca, Rebel without a cause o a los films de Minelli hablan de una intención de rendir homenaje pero también de rescatar un tipo de cine que hoy en día ya no se realiza, o al menos no masivamente. La excepción francesa es Christophe Honoré, quien viene rindiéndole culto al género (Les chançons d'amour; Les bien aimées), escapándole a la comedia de tinte feliz norteamericana y con miras a lo nacional (su norte no es Hollywood, sino el genial Jacques Démy). 
Con La la land somos parte de una (re)construcción, de un dejà vu polifónico (re)creado a partir de un piano. El film brilla con luz propia, con la gracia de lo delicado y lo efímero, a caballo entre la cita homenaje y lo original, se mueve con soltura en un terreno por fuera del tiempo, en donde el jazz ocupa un lugar central, no sólo como el género que inunda la banda de sonido y se cuela en la trama, sino también como organizador de la estructura narrativa. La narración avanza en forma sincopada desnudando aspectos de lo estrictamente personal, ahí donde la pareja comienza a tejer y entretejer tramados, se desdobla en atajos y senderos alternativos al sueño de cada uno para acabar confundiendo los tantos. ¿Perseguir un sueño es sinónimo de inmadurez? Está claro que a veces uno tiene que hacer ciertas concesiones, bordear el sueño quizás para luego acercarse desde otro lugar, pero nunca debe perderse el norte. Mia y Sebastian se recuerdan constantemente cual es el sueño del otro y mientras tanto descuidan o postergan el propio.
Hay en La la land un doble juego entre director y compositor. Damien Chazelle y Justin Hurwitz dan forma a una estructura de relojería, exacta, pura, en donde se permiten el juego con los colores, los planos, las formas, el derrotero romántico clásico, pero sin caer en el cliché, la historia avanza y deviene en otra cosa, coquetea con lo amoroso, pero no se queda ahí. Los personajes se entrelazan para luego soltarse, se enriquecen mutuamente, siempre en ritmo de bop, de swing, de vals, y siempre en medio de las ensoñaciones propias del género. Realizado en contrapunto, se tiene la sensación de que el film comenta la música a la vez que esta da forma a aquel, y en este ir y venir en donde el origen se nos pierde, en esta loa al jazz teñida de historia de amor, Hurwitz alcanza niveles dignos de Michel Legrand y se despacha con una banda de sonido memorable, poderosa y virulenta. Tomando prestadas las palabras del personaje de Sebastian, si el jazz surge de una necesidad imperiosa y visceral de comunicarse ahí cuando las palabras no sirven, me arriesgo a suponer que el film musical como lo conocemos surge también de una necesidad, la de expresar aquello que la narración más lineal y respetuosa de lo real no consigue. El musical con su realidad aparte consigue interpretar así el mundo interno de los personajes, los matices de lo íntimo, a la vez que libera en cierto punto al espectador, enfrentándolo a lo inesperado. Lo libera en tanto y en cuanto deja de tener el control cuando menos parcial de lo que ocurre en la pantalla. En el musical las expectativas generadas no siempre se cumplen, y lo onírico, la fantasía, tiene un lugar de peso. Creo que es eso al fin de cuentas lo que genera tanto amor o tanto rechazo en el espectador de musicales, esa suerte de realidad aparte, esa forma imperfecta en tanto que no es conclusiva en lo que se narra, el límite difuso entre una ilusión de realidad calcada de la vida por fuera de la pantalla y lo mágico. Para ser espectador de musicales es necesario relajarse y dejar de tener el control de las situaciones en la pantalla, dejar de esperar explicaciones que no existen o que en todo caso sólo pueden buscarse en uno mismo, es por eso que ver hoy un film como La la land no es del todo inocente. 
Como alguien que aprendió a relajarse, apreciar y disfrutar del género, puedo decir que si bien lo anacrónico aquí no es más que un recurso, un guiño, una forma de representar, resulta esperanzador encontrar que todavía es posible filmar este tipo de cine, que todavía es posible soñar frente a la pantalla, y que, al final de cuentas, es necesario a veces mirar hacia atrás, saber de donde se viene, para poder seguir avanzando.

miércoles, 14 de junio de 2017

D.A.R. (Delayed Album Review) Friendly Fire


Living is easy with eyes closed... Well, in this opportunity if I close my eyes I´ll end up a little confused, and that´s because Sean sings just like John, like a double trick or an amazing deconstruction of time gently builded for my ears. It has to be weird wear the last name Lennon and be an artist, I mean, you will always be compared with your old man, and even if that´s flattering because he was... well, Lennon, it has to be at least complicated. I listen to this Friendly Fire

and I feel soaked in Lennon spirit, with a bunch of really great melodies, a lovely voice and very beautiful arrangements, Sean just have found the way to make me smile each time I press play and go out for a walk.

sábado, 10 de junio de 2017



La calma del desamor: Gertrud, de Carl Theodor Dreyer

Por Nicolás Ezequiel Reffray


Como forma de exorcizar demonios, al fondo de cada espanto descansa una quietud, un informe desencanto por lo perdido: el amor, esa sortija inalcanzable.
Son las formas desprovistas de todo ritmo frenético, de toda exacerbación pomposa, es el intento de amar y ser amada como si en eso recayera todo el sentido del mundo. La mujer se recuesta, producto de un dolor de cabeza, detrás de ella un cuadro ocupa el resto de la escena: los perros rodean el cuerpo desnudo de otra mujer que, como ella, rehuye el vacío y la oscuridad. El hombre se acerca, le ofrece un analgésico, conversa con ella. Los une una amistad de años, un saberse íntimos. Es quizás el único amor verdadero en su vida, el único hombre que ha conseguido permanecer a su lado a través de los años, en esa calma aparente en la que se encuentra inmersa. Las palabras son apenas un juego del tiempo, no ofrecen consuelo, sólo postergan la muerte, las palabras no dicen ni logran conmover la estructura de los sentimientos. La pesadez de ese cuerpo rendido por los años, que eclosiona ante el poema, ante la ausencia de amor y los meandros de un destino de soledad, reverbera en una calma angustiosa, en un gesto funesto en donde al desamor no se lo mira a los ojos, en donde las manos sostienen un corazón desangelado, endurecido: el corazón petreo de Gertrud.
Amar es, sin lugar a dudas, el fin último en su vida, amar y ser amada, encontrar eso que le otorgue sentido a todo el resto, un amor total que se eleve por sobre todo y todos. Gertrud ama una y otra vez, y su amor no es correspondido más que efímeramente, se deja llevar por senderos claros, se hace permeable a las formas del engaño, se muestra desnuda a los ojos amantes para acabar abandonándolo todo, y no es la forma ni el lugar común de un matrimonio ya desgastado por el paso de los años, no es la aventura amorosa que se evanesce en la nada, ni la certidumbre de un cambio, en absoluto, es más bien otra cosa, un reflejo perfectamente encuadrado, una perpendicularidad de los rostros que, así entrecruzados, le hablan a un fantasma, a una sombra, a lo que ya no es. Dreyer compone una sinfonía amusical, un estrépito silencioso, valga el oximoron. Los tiempos en la pantalla parecen detenerse para que la cámara se meta en los intersticios de ese corazón deseoso, y, acompasando el ritmo casi imperceptible, los diálogos entretejen un tramado profundamente codificado que subvierte toda posibilidad de happy end a la usanza hollywoodense. Gertrud sufre, los brillos a su alrededor se debilitan y caen en una opacidad blanquinegra, dejando tras de sí una imagen depurada de todo, austera, melancólica, en donde su ideal del amor total acaba cediendo ante la soledad. Inmersa en un entorno frio, de protocolos mesurados y ropa de etiqueta, Gertrud ama, es tal vez la única persona verdaderamente sincera y consecuente  con lo que siente en ese universo opaco de quietud que plantea Dreyer.
Se diría que hay en Gertrud una búsqueda infinita que excede el plano amoroso, una búsqueda de sí misma en medio de esa decepción constante por el amor que no acaba de ser en sus propios términos. Pero ¿qué sabe el amor de parámetros, de casillas, de lugares estancos? ¿Qué sabe de embustes de palabras, categorías cerradas o términos exactos? No hay amor en instancias perfectas, hay amor (cuando lo hay), y eso debería bastar. Gertrud ama o cree que ama. A esta altura creo que la Gertrud de Dreyer es incapaz de amar, y por ende, incapaz de ser amada, y eso es tan sólo porque no sabe de qué se trata el amor, lo enarbola, y acaba por teorizarlo. Amar es dejar de controlar un poco para dejarse arrastrar por lo inconmensurable. Con qué puedo retenerte, dice Borges, de eso se trata, Gertrud busca retener y en ese afán de poseer pierde el hilo del sentir.

jueves, 8 de junio de 2017

El Aprendiz: entre el ser y la nada. 
Por Nicolás Reffray


Existir, ocupar un lugar en el espacio, devorar la calma de lo que aparenta ser eterno más allá de lo opresivo del tiempo y la rutina. Son formas que se metamorfosean en lo oscuro, sombras en tensión, personajes que destejen una calma de pueblo, una maquinaria insomne, de muerte en vida, para aferrarse a los despojos de su propia existencia.

Vida de pueblo

Una ópera prima es siempre una puerta que se abre a algo nuevo, un aire fresco que viene a ventilar lo anterior esclerosado, por demás conocido, para ofrecernos nuevas y originales formas de ver lo que creíamos ya visto, lo que pensábamos agotado. En el caso que aquí nos ocupa, la frase "pueblo chico infierno grande" me viene a la cabeza. Vivir en un pueblo de provincia es algo que nunca experimenté, soy lo que se dice un bicho de ciudad, sin embargo uno se va construyendo cierto imaginario gracias a la literatura y el cine. Gracias a Forn, a Saer, a Lucrecia Martel, uno puede pensar en una realidad de rutinas calcadas, de espacios vacíos y abandono crónico, una realidad absurda y deficiente en donde el sentido de las cosas no se evidencia a simple vista, porque sencillamente no se encuentra ahí, está ausente.
Primer largometraje de ficción del realizador Tomás de Leone, El Aprendiz se desdobla en postales de un universo breve, una vida que brega por ser en medio de tanta nada. Pablo es cocinero, trabaja como aprendiz en una cocina, su sueño es tener su propio restaurant para no tener que rendirle cuentas a nadie, lo mueve la urgencia de lo otro, la necesidad imperiosa de un cambio (sea el que sea) para contrarrestar tanta pasividad. Un cambio, un progreso, un aprendizaje, Pablo se debate entre la acción y la inacción, entre romper con esa inercia y hacer algo diferente o rendirse a lo esperable, dejar que el letargo del pueblo lo gane. Así su vínculo en menos con ese grupo patético con el que pasa sus horas por fuera de la cocina, siempre entre el temor y la extrañeza; así la relación con sus padres, ambas dos tan disímiles como complejas. Pablo se debate constantemente.
Hay a lo largo del film una cierta libertad en el modo de filmar, una soltura que se ve reflejada en los tiempos, en la belleza de lo simple del argumento, en sus dialogos breves, todo esto reforzado por una banda de sonido tan despojada como precisa, consecuente con la imagen, que remite a paisajes desérticos, atemporales, a no-lugares, como en las road movies de Wenders. De Leone cincela una obra absolutamente nueva, una instantánea de tintes melancólicos con una inquietante cuota de distorsión, la cual revela a modo de un oráculo funesto, la otra cara del hastío y la mediocridad.

martes, 6 de junio de 2017

D.A.R. (Delayed Album Review)

New York City, year 1997. 
I listened this album (strictly I listened only the first cd) a couple of years ago and each time I play it again it makes me feel part of something. I was born in 1981, so the 90's were my home, I mean I was a teenager madly in love with grunge movement, Kurt Cobain's sweaters, in love with great bands like Blind Melon, Stone Temple Pilots or Smashing Pumpkins, and of course with the Unplugged series by MTV. I remember me finding out the amazing world of possibilities in those acoustic versions, the clear sound of that naked wood and the strings, the lack of artificial effects. That was pure, that was like coming back to roots. Twenty years after those two shows in NYC, this double album by Counting Crows still sounds to me like that, something new, something fresh, it still sounds... I don't know, honest, and it makes me feel I was part of those golden years, our golden years... I'm talking about my generation.
I guess there's something unique there, specially in the first cd, the whole aura of the acoustic well balanced with the electric and the brasses in a magical song like Chelsea, just because of that I adore this album, it belongs to some other universe.



MOGWAI (Hardcore will never die, but you will)

Un disco para escuchar con los ojos, para sentir con toda la anarquía de nuestra alma, con el caos de la distorsión arañando los oídos —enviando señales a alguna parte de nosotros en plena noche— y la calma de una manta que nos arropa. 
Este disco de Mogwai es como la foto de la portada: música para escuchar mientras te colgás contemplando una ciudad solitaria a través de la ventana; pero, lejos de evocar melancolía, la música te transporta a un plano singular donde resulta imposible no percibir la atmósfera completa de este *hardcore* inmortal.
D.A.R. (Delayed Album Review)

This album by Keaton Henson is like a chain of thoughts, I feel I wanna drive away in my car and let behind the noises, the city, the crowds, and fill my eyes with green and roads, beyond horizons. His voice is there, in each instrumental song, behind a curtain, whispering lonesome words, romantic words, colorfull words, the poetry of all times.
D.A.R. (Delayed Album Review)



With a bunch of excellent tunes, this 2003´s greatest hits makes me smile each time I press play.
Surrounded by low tones and the overdrive roaring in textures and colors, with the beautiful poetry of Scott Weiland´s lost voice in the middle, these songs make you move your head, shake your thoughts, climb up a wall, shoot the sheriff, take the money and run... etc.
I could add a couple of extra songs, like And So I Know or Art School Girl, but, well, life´s unfair sometimes.
La poesía nunca estuvo en venta.

Leonard Cohen se va y mi sensación es que este mundo se pone un poco más opaco. Es lo que pasa siempre con la muerte de un poeta, el mundo se congela un poco, se vuelve más hermético, pierde brillo y nos va ganando el plástico.
Pienso en la época en donde no existían las grabaciones, en donde escuchar a alguien cantar requería necesariamente de la presencia de ese alguien, vivo, dispuesto y ahí. Uno después podía, claro, reconstruir en su cabeza la melodía o evocar el timbre de voz, pero no había otro acceso posible a la voz. Faltaba lo otro, lo invisible, lo acusmático... Gracias por lo acusmático, gracias por ese puente por sobre el silencio y el olvido, artilugio mágico parido del siglo xx.
Ahora, mientras transcurro este primer día sin Cohen en el mundo y puedo dar play las veces que quiera, y escuchar su voz -grave como el fondo de todos los misterios- hay algo en mí que se conmueve hasta quebrarse, porque sé que es eso y sólo eso, que no hay más, ni libros ni poesía ni canciones, que el poeta ya no existe para seguir creando.
Tengo un librito de tapas duras con sus poesías y canciones, y eso -lo tangible que nos queda- es a lo mejor una súplica o un acuerdo con el olvido, una forma de lidiar con el vacío y la ausencia. "El recuerdo dura mientras estés vivo", volví a escuchar esa frase hace poco, y ahora pienso en Cohen, en Spinetta, en Bowie, en Lou Reed... No hay espejos para el poema, no hay habitaciones de hotel ni milagros que se puedan esperar, y es que la poesía nunca estuvo en venta, siempre fue un poco el copo de nieve o la hoja seca que el viento mueve a su antojo. 
I really need to go out... Black and white is turning into steam, into smoke, holding the tears, reaching the sounds, handling the notes between calm and thunder. Miles Davis is a stain back there, scratching the space with his horn, climbing the mount Olympus of jazz, of music, giving the focus to John Coltrane, who´s listening to him over his silent, lying instrument.

Sometimes I wonder if in the moment these kind of photographs were taken they already knew that they were gods.

Delayed Album Review...

Among basements and skyscrapers, with a deep perspective of what jazz can be and reach, the 1985´s album Black codes from the underground by Wynton Marsalis sounds like NYC. Is the poetry of the streets, the basements, the clubs, the atmosphere of an endless city becoming jazz, floating like snowflakes in the air.
The first song opens not only the album but the doors to those black codes, to the magical experience of... post-bop? neo-bop? amazing-bop? city-bop? Honestly, I don´t know how to call this music. Perhaps is time to call it just like that: Music, with a capital M, because otherwise we could end up lost in variations of the same thing. Or perhaps you can´t name it at all, I don´t know... I only know that this album sounds like a whole city.

Enjoy it!

Everyday robots


Desde un futuro-ya, Damon Albarn y su disco: "Everyday Robots"

Las melodías se quedan en los oídos con su sonido de collage melancólico, como un paseo sin tiempo por una ciudad que aún no conocemos, y desde una distancia íntima reaparece, una vez más, lo simple, delicado y preciso de la voz de Albarn, ese toque humano en medio de la sinergia futurista de botones, bases electrónicas, ceros y unos, todo reunido con el buen gusto que lo caracteriza. 


El video de "Lonely Press Play" es una delicia visual.